Como ya dije en mi anterior post, la sonrisa es una de las claves de la alegría. Esto se pone de manifiesto cualquier día en el que uno sale a la calle y se va fijando en la gente con la que se cruza. A mí, que soy del norte, mis amigos que son de fuera me comentan mucho que la gente es muy cerrada y que ni saluda por la calle. La verdad es que a mí no me parecería lógico eso de ir saludando a todo aquel con el que te cruzas, aunque fueran dos o tres. No sé, si no les conoces no veo por qué les vas a tener que saludar. Tampoco quiero decir que haya que mirar a la gente con desprecio, pero de ahí a hacer como que conoces a todo el mundo hay un trecho bastante amplio.

No ocurre lo mismo cuando vas por el monte. Yo no suelo ir mucho, pero las veces que he ido siempre que te cruzas con otros excursionistas hay saludo de cortesía, habitualmente un “aupa” que, en los últimos tiempos, ha sido reducido a un “epa”. Esta situación es distinta porque todos se encuentran dentro de un mismo contexto, a veces incluso sufriendo por el cansancio o la dureza del recorrido, por eso unas palabras de ánimo siempre vienen bien.

Sin embargo, lo que más gracia me hace es cuando te cruzas con un conocido que no sabes si él te reconoce, o viceversa. En esas ocasiones suele suceder que uno de los dos aguanta la mirada esperando que el otro amague un saludo, cosa que pocas veces sucede. También son interesantes las técnicas utilizadas cuando tú vas sólo en plan “malote” y te dedicas a mirar a la gente con complejo de superioridad. Ahí, lo mejor que se puede hacer es aguantar la mirada todo lo que se pueda. El vencedor de uno de esos míticos duelos de miradas siempre queda como el más grande.